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viernes, 26 de abril de 2013

Poema para recordar un día de abril

Se me clavó en la mente tu mirada
mientras las golondrinas, con su vuelo,
pintaban travesuras en el cielo
de la mañana inmensa y soleada.

No pude resistirlo, fue una espada
que me causó nostalgia y desconsuelo,
tu mirada brillando entre tu pelo,
que me lo daba todo, o tal vez nada.

Yo no sé qué diablo, o qué querube
nos llevó hasta aquel parque, a aquel estado,
ni qué sucedió allí, qué es lo que tuve.

Sólo sé que mi alma abrió el candado
y que me vi flotando en una nube
herido ya de amor, ya envenenado.

© Juan Ballester

jueves, 19 de julio de 2012

La ciudad dormida

Y tu ciudad se duerme cada noche esperando
que regreses al fin, que vuelvas a su seno;
se acuesta con la pena de sentirte tan lejos
que hasta las golondrinas no visitan a Bécquer.

Y tu ciudad palpita al ritmo de un recuerdo,
de un rostro, una palabra, una mirada ausente
y hasta el cielo parece que brilla de otra forma
y hasta el agua ha cambiado su aliento de guitarras.

Y tu ciudad se cubre de versos nunca escritos,
de sílabas que hieren lo profundo del alma
que de día parecen ángeles derribados
y en la noche resuenan como la voz del ebrio.

Y tu ciudad se muere si le faltan tus manos,
si no encuentra a diario el pan de tu presencia,
se muere lentamente esperándote, amada,
amada que has cambiado tu corazón por mí.

© Juan Ballester

viernes, 7 de octubre de 2011

Poema para hablar por teléfono

Descolgar el teléfono, marcar las nueve cifras,
escuchar los zumbidos que a lo lejos resuenan
como si fueran látigos, relámpagos, latidos
fieras que se revuelven inquietas en sus jaulas.

Esperar el chasquido, la puerta que se abre
dando paso al instante a tu voz de amapola,
convertir los sonidos en sonora cascada
y la mañana en ámbar, y la ciudad en versos.

Recibir tus palabras como suaves caricias,
como peces calientes flotando por el aire,
envolverme en el manto liviano de tu risa,
en la red de tu aliento, en el mar de tu lengua.

Hablar contigo así, salvando la distancia,
escalando los muros del frío y el silencio,
mientras febrero deja marchito el calendario
y el amor nos recuerda que es un potro sin freno.

© Juan Ballester

jueves, 28 de julio de 2011

Poema de lo importante

Lo importante no son los balances, las cuentas,
los tipos de interés, las grandes cifras,
los viajes de negocios, los créditos y acciones,
sino el valor que tiene tu mirada
cada vez que amanece.

Lo importante no son los riñones o el páncreas,
el corazón, las piernas, los oídos,
no es el colesterol, los triglicéridos
sino el sentirme bien entre tus brazos
cada vez que la noche trata de devorarme.

Lo importante no son la liga o los mundiales,
los goles de Ronaldo, la rodilla de Figo,
el fichaje de un nuevo delantero,
la tertulia en los bares cada lunes;
lo importante, si acaso, es que tu cuerpo
juega con el silencio de mis sueños tranquilos.

Lo importante no son las vacaciones,
la playa, las sombrillas, las piscinas, los cócteles,
el turismo rural, el senderismo,
los mosquitos, la siesta, la novela de moda,
sino el reposo eterno al borde de tus labios.

Lo importante no son los terremotos,
los ciclones, el hambre, la sequía,
las guerras, los intentos de cruzar las fronteras,
sino la paz constante que destilan tus manos.

Lo importante es saber
que pase lo que pase fuera de estas paredes,
tú has elegido estar aquí conmigo
para siempre.

© Juan Ballester

martes, 28 de junio de 2011

Poema para ir de viaje

Con las maletas llenas de tu nombre,
de tu voz, de tu aliento, de tu piel
voy por la vida convertido en hombre,
voy por el mundo con sabor a miel.

Me basta ese equipaje, es suficiente
para dar testimonio de que existo:
con tu sola presencia tiendo un puente
y es nuevo el corazón con que me visto.

El billete que tengo es de primera,
pues de primera son mis esperanzas;
y con tu compañía, compañera,
las ilusiones no se tornan lanzas.

Ya no pierdo el andén, no miro trenes,
no viene un revisor a echarme a tierra;
tus manos, tus caricias son mis bienes,
he cambiado por paz mi antigua guerra.

Viajo al fin con asiento y ventanilla,
ya tengo a dónde ir, ya llevo un rumbo.
Al calor de tu pecho y tu mejilla
me mantengo al timón, no me derrumbo.

Tú eres mi corazón, lo que me mueve,
eres mi meta, y eres mi equipaje.
Qué importa ya que llueva, qué que nieve,
si estás en mi camino y voy de viaje.

© Juan Ballester

sábado, 4 de junio de 2011

Poema para vivir día a día

Vivir aunque nos cueste la vida, aunque nos cueste
ponernos la careta y tragarnos un sapo.
Vivir aunque la lengua se nos vuelva de trapo
y la mano de cera y nuestra boca apeste.

Vivir porque la vida es un pozo sin fondo,
un viaje irrepetible, un instante entre sombras,
vivir cuando la ausencia manche nuestras alfombras,
cuando nuestro propósito no nos salga redondo.

Vivir cada minuto como un precioso don
que alguien, desde algún lado, nos da cada mañana,
vivir sin cortapisas, sin cerrar la ventana,
sin apretar el alma ni atar el corazón.

Vivir, hay que vivir, porque la vida es todo,
la luz, la paz, el cielo, el amor, la alegría,
vivir, porque la vida se inventa cada día,
pues si la vida acaba, sólo nos queda el lodo.

Hay que vivir de frente aunque pese la cruz,
aunque escueza el invierno y el calendario duela,
hay que vivir despierto y sostener la vela:
mientras nos quede aliento, ha de quedarnos luz.

© Juan Ballester

lunes, 21 de febrero de 2011

Poema del nombre que grité

Grité tu nombre, amor, y el viento quiso
repetirlo después por cada esquina;
lo dije por librarme de una espina,
lo eché a volar, lo alcé sin previo aviso.

Pronuncié esas tres letras, paraíso
donde mis sueños juegan, medicina
que me cura del hambre y la rutina,
que ahuyenta mi dolor cuando es preciso.

Y tu nombre sonó como un disparo,
como una bala en medio de la noche,
como el ladrido atronador de un perro.

Grité, incauto de mí, y lo pagué caro,
pues quedé a tu merced y hecho un fantoche:
tú para siempre imán, y yo de hierro.

© Juan Ballester

jueves, 6 de enero de 2011

Poema para ir de compras

Para ir de compras sólo necesito
echarme en la cartera tus dos ojos,
tu sonrisa, tu piel, y por si acaso
un puñado de versos que describan tu rostro.

Ningún escaparate permanece
al margen de tus pasos y tu voz:
las maniquíes vuelven la cabeza,
los sombreros se inclinan, y cambian de color.

Los vestidos se amoldan a tu pelo,
los comercios se llenan de tu luz,
y las perchas me observan con envidia
queriendo que en tus manos las sostuvieras tú.

En los supermercados, cuando entro
abrazado a tu hombro, siento así
que hasta las coliflores se convierten
en pequeños renglones que van a hablar de ti.

En todos los pasillos hay indicios
de tu presencia viva, de tu piel:
las latas, los paquetes de legumbres
saben a ciencia cierta con quién paso, con quién.

Entre los detergentes o el pescado,
en la sección de vinos o en el pan,
en todas partes vas dejando huellas,
en todos los estantes te extiendes como un mar.

Y al pagar, las cajeras nos saludan
y las monedas bailan un fandango.
Hacer la compra tiene, si es contigo,
el encanto de un lunes festivo y sin trabajo.

© Juan Ballester

martes, 12 de octubre de 2010

El dolor de los parques


Cuánta ausencia en los parques cuando tú no paseas,
cuánta belleza inútil, cuánto adorno perdido,
cuánto trino sin música y sendero extraviado,
cuánto dolor llenando cada grano de arena.

Hay signos inequívocos de ese hueco insalvable,
de esa tristeza oculta que sueña con tus ojos,
porque sin tu presencia la noche es más que noche,
porque sin tu mirada el despertar no existe.

Qué desoladas quedan las estatuas de piedra,
los cisnes que recorren las sombras cristalinas,
el pez que se desliza por silencios oscuros,
o el árbol que no sabe dónde está tu recuerdo.

Qué dolor en los parques cada vez que no estás,
cada vez que no vuelves a alfombrarlo de pasos,
qué dolor de las fuentes, qué desgarro en las flores
esperando el instante dorado de tu cuerpo.

© Juan Ballester

lunes, 9 de agosto de 2010

Poema sin título para una tarde gris

Un poema de amor se escurre por mis dedos
en esta tarde herida donde tu voz es meta,
un poema que, acaso, ha de nacer torcido
con dos alas de cera, sin el pan bajo el brazo.

Me llena, me acompaña, me salva de estas horas
en las que apenas puedo vivir con tu recuerdo,
me deja en los bolsillos nebulosas azules,
en la boca cascadas y en el alma diamantes.

Un poema me cubre simplemente al pensar
en el mar de tus muslos y en la miel de tu espalda,
un poema sin título, porque cómo llamarlo
si tu nombre es la lluvia que ciega mis sentidos.

Es inútil negarse al corazón que vuela,
a la mente que sueña, a la mano que llora,
es inútil buscarte por áridos despachos,
por gruesos expedientes, por papeles infames.

Un poema de amor se anuda en mi garganta,
se desangra en estrofas que recuerdan tu boca,
mientras el tiempo oxida la piel de los bolígrafos
y una arruga se extiende sobre un papel en blanco.

© Juan Ballester

jueves, 3 de junio de 2010

Noches de hotel



Decir “hotel” es algo que ya no tiene prisa,
que no deja un regusto a reloj desbocado,
algo que no nos duele ni nos causa aspereza,
ni se adhiere a la piel como un hierro candente.

Decir “hotel” no es ya un terreno de nadie,
un coto en donde caza cada noche la huída,
no es límite o barrera entre el hoy y el mañana,
no es extensión proclive a aflojar cremalleras.

Decir “hotel” no tiene el aliento del cactus
ni el tacto de una lámpara que se queda encendida,
no se nutre de ausencias, de ansiedad y ojos bajos
ni se aferra a la escarpia de lo que está prohibido.

Decir “hotel” ahora es mirarnos de frente,
es hacer un paréntesis, formar una burbuja,
es permitirle al viento pronunciar nuestros nombres
sin miedo a que la aurora nos lo arroje a la cara.

Decir “hotel” al fin es quedarse dormido
dibujando en tus labios, amada, una sonrisa
mientras el sol, afuera, prepara el desayuno
y el almanaque arranca, iracundo, otra página.
© Juan Ballester

martes, 4 de mayo de 2010

Poema para buscar un beso

Amor, si yo pudiera contar en un soneto
el color de tu risa o el brillo de tus manos,
si pudiera esta tarde recubierta de ausencia
definir la agonía que recorre mi entraña;

si pudiera ser árbol, si pudiera ser ángel,
un ave mensajera de tu nombre lejano,
si pudiera encontrar una luz que me alumbre
o un beso de tus labios donde apagar mi sed;

amor, pero es tan largo el camino que lleva
hasta tu voz, tu piel, hasta tu flor radiante,
que me pierdo en las sombras de mi propio silencio,

que me quemo en el fuego de mi lengua de trapo,
que me enredo en el aire que disipa tus muslos,
y me siento un velero en pos de tu distancia.

© Juan Ballester

martes, 6 de abril de 2010

Poema para los días tranquilos

Hay mañanas de agosto que parecen dormidas
y el tiempo se demora jugando en los relojes.
El silencio se adueña de mis manos de arena
y las palabras huelen a polvo milenario.

Pero yo pienso en ti y consigo que, al menos,
las manecillas tengan el eco de tu rostro,
de esa boca de azúcar que me besa imprudente
y esos ojos de fuego en donde cae la noche.

Hay mañanas de agosto aptas para el suspiro,
aptas para dejarse envolver por las brumas,
mientras los cementerios inútilmente esperan
y hasta las ambulancias se van quedando afónicas.

Pero yo pienso en ti y me lleno de alondras
y me lleno de peces que humedecen el alma;
pienso en ti y las paredes de este cuarto vacío
se cubren de repente del mar de tus cabellos.

Hay mañanas de agosto que no son ni mañanas,
que son cual mariposas posadas sobre un piano;
las moscas ni se atreven a ejecutar sus bailes
y en las calles no fluye la sangre de los coches.

Pero yo pienso en ti, pienso en ti y me transporto
al umbral de tus labios donde la vida empieza,
en este viernes pálido que pasa de puntillas
a la espera de unirnos, amada, nuevamente.

© Juan Ballester

miércoles, 3 de marzo de 2010

Poema para Miguel


Quién fuera el hortelano que decías,
el que escarbó la tierra con los dientes,
el que sembró barbechos y elegías,

el que escribió con rayos estridentes
queriendo regresar a aquel amigo
desde el vasto país de los ausentes.

Quién fuera el trovador, quién el testigo
capaz de describir este agujero
en esta tarde cruel en que mendigo

unas briznas de amor, un consejero,
una mano tendida o una rosa
que me devuelva ilesa a la que quiero.

Porque soy sólo un grano, poca cosa,
para tan larga ausencia prolongada,
para esta tarde dura y sin esposa,

para esta soledad en la mirada,
para esta piel reseca como un perro,
para esta sensación de no ser nada.

Quién pudiera, Miguel, romper el hierro,
deshacer los relojes, quebrar rocas,
alfombrar de caricias mi destierro,

conocer el lenguaje de las bocas
y dejarse llevar por el recuerdo
de las horas felices, siempre pocas.

Tengo miedo a la sombra en que me pierdo,
tengo miedo al vacío de mis manos,
tengo miedo a dormir estando cuerdo.

Los versos que escribí resultan vanos,
si me falta la fuente en donde bebo,
si sus ojos se muestran más lejanos.

Quiero gritar su nombre, y no me atrevo,
no vaya a ser que el viento se lo quede
y la noche se vuelva hiel, de nuevo.

Puede que me derrumbe, o también puede
que mis alas remonten la distancia
que de ella me separa, o que me enrede

en el brumoso mar de la inconstancia
donde su voz de espuma se hace ola
y su boca es un eco de ambulancia.

Quiero, amigo Miguel, ser caracola,
y aullar este dolor, que es mi tirano
cuando su imagen gris se tornasola.

Quiero, amigo Miguel, ser hortelano
de un tiempo que se extiende ante su imagen,
que me clava un puñal en cada mano,

que me sube a una cruz sin que me bajen,
y me deja colgando del olvido
en este atardecer que no hace ruido.

© Juan Ballester

jueves, 4 de febrero de 2010

La ausencia de los trenes



Ya no hay trenes doblando nuestro futuro en dos,
abriendo precipicios en torno a nuestras bocas,
no nos duelen billetes ni gimen ventanillas
ni el paisaje se arruga allá en el horizonte.

No hay serpientes de hierro ensuciando los sueños
ni los zapatos tienden a ponerse de viaje,
los andenes son algo que ya huele a prehistoria,
las estaciones pierden de repente sus letras.

Los fines de semana llenan los calendarios,
las sobremesas saben a tu cuerpo y el mío,
las maletas vacías inundan los roperos
y las locomotoras silban inútilmente.

En nuestro diccionario ya no figura “adiós”,
“ferrocarril” ni “lágrima” ni “pañuelo” ni “vía”;
esas palabras huyen hasta hacerse recuerdo
de un tiempo en que los versos nublaban los cajones.

Ya no hay trenes robando nuestras tardes de otoño,
nuestros besos de azúcar, nuestros dedos traviesos,
ya no hay trenes, amada, que puedan separarnos
por mucho que los cielos amanezcan cansados.
© Juan Ballester

miércoles, 20 de enero de 2010

Poema para los momentos de ausencia


Sabe Dios, amor mío, dónde estarás ahora,
en estas horas frías de este febrero loco,
sabe Dios qué puñales, qué vientos, qué tormentas
amenazan la paz de tu hermosa mirada.
Sabe Dios qué demonios merodean por tu alma,
qué víboras pretenden emponzoñar tus sueños,
qué piedras y qué polvo salpican los caminos,
qué silencio y qué olvido se adhieren a tu nombre.
Pero yo estoy contigo, aunque me sientas lejos,
aunque el reloj levante entre los dos un muro,
estoy en cada objeto, en cada pensamiento,
en cada verso inquieto que brota de tus labios.
Estoy como tú estás, para todo y por siempre
como un ángel guardián que vigila y te salva,
para que nada pueda volvernos a lo negro,
para que nadie alcance a ensuciarnos de lodo.
Sabe Dios, amor mío, cuántas moscas te rondan,
cuántos buitres se ciernen sobre tu piel en vano,
pero yo pienso en ti, y el dolor se arrepiente
porque intuye que pronto descansaré en tus ojos.
© Juan Ballester

jueves, 10 de diciembre de 2009

Poema para un día cualquiera

Te escribo este poema porque me da la gana,
porque sí, porque quiero, porque me ha apetecido,
porque es viernes o lunes, o cualquier otro día,
porque hace sol o llueve, porque es octubre o marzo.

¿Qué razón ha de haber, quién podría impedirlo,
evitar que los versos fluyan hasta tu encuentro,
quién podría ponerle freno a mi corazón,
mordazas a mi boca, grilletes a mis manos?

Te escribo, sí, un poema que no trata de nada
o que quizá, quién sabe, trate también de todo,
de tu voz, de tu risa, de tu piel, de tu ombligo,
de tu pelo y tus ojos, de tu vientre y tus uñas.

Sé que no dice mucho, que está lleno de viento,
que parece un papel de renglones torcidos,
mas no hay frases ni versos que puedan abarcarte,
ni palabras ni sílabas para expresar tu rostro.

Te escribo pues y lo hago esta tarde corriente,
cuando en los calendarios no es martes ni domingo,
ni es abril ni es agosto ni los relojes vuelan
y el silencio es tan sólo un beso entre paréntesis.

© Juan Ballester

sábado, 17 de octubre de 2009

Poema para escribir un poema

Escribir un poema es mirarte a los ojos
cuando la luz comienza a iluminar el día,
y las palabras brotan cumpliendo mis antojos
al mirar tus pupilas, porque tú eres poesía.

Escribir un poema es escuchar tu voz
que sale de tus labios llenando el universo,
poniendo en cada sílaba una lluvia de arroz,
dejando cada frase convertida en un verso.

Escribir un poema es celebrar tu piel
que corre por mis dedos igual que el agua mansa,
es llenar de manjares la sed de mi mantel
pues mi mano hacendosa de escribir no se cansa.

Escribir un poema es pronunciar tu nombre,
misterio capicúa, escandaloso y breve.
Es hacerme en tus brazos esposo, amante, hombre,
pozo de tinta en donde mi pluma se conmueve.

Escribir un poema es declararme tuyo,
es entregarme todo, es desnudarme entero,
ofrecerte mi vida y decir con orgullo
que te quiero, y te quiero, y te quiero y te quiero.

© Juan Ballester

viernes, 24 de julio de 2009

Poema para recibir al otoño

Pronunciaré tu nombre
cuando las golondrinas abandonen la casa,

cuando por los tejados ya no quede una hoja
del invierno lejano
que nos llenó de pozos la garganta.

Pronunciaré tu risa
aunque las caracolas se nieguen a mirarnos,
aunque los ruiseñores multipliquen su ausencia,
aunque los arrecifes se apresuren
a romper nuestros sueños de cartón y madera.

Pronunciaré tu llanto
para que cada día el viento te convoque,
para que cada tarde la arena te deshaga,
para que cada noche te conviertas en luna.

Pronunciaré tu cuerpo
allá donde el futuro se diluye
despacio, lentamente.

© Juan Ballester

jueves, 16 de abril de 2009

Poema para Pablo


Comprendo, amigo Pablo, por qué fuiste capaz
de escribir los más tristes versos aquella noche.
Entiendo los demonios que turbaban tu paz,
comparto tus angustias, tu miedo, tu reproche.

Qué terrible es saber que lo amargo es lo bello,
que el dolor causa elogios, que la ausencia se aplaude.
Qué duro darse cuenta de que escribiste aquello
la noche en que la vida trató de hacerte un fraude.

Yo me siento esta tarde de abril, de primavera
en que la luz declina y la belleza explota
lo mismo que tú, Pablo, y el alma es mi bandera
y este folio doblado causa mi bancarrota.

Mas no será el poema que a empujones escribo
ni tan siquiera digno de descalzar al tuyo,
quizá porque la pena quiere dejarme vivo,
quizá porque la sangre no ha teñido mi orgullo.

Comprendo, amigo Pablo, la herida, la hemorragia
que tanta soledad dejaba en tus entrañas,
comprendo que los duendes te cubrieron de magia,
los fantasmas de nubes, las esquinas de arañas.

Amigo Pablo, estoy flotando a la deriva
añorando también ojos, caricias, besos,
ensuciando renglones, aullando en carne viva
con una tinta inútil que emponzoña mis huesos.

Y así me he de quedar, vencido, amigo Pablo,
resignado a ser sólo un átomo vacío,
sin saber lo que escribo, sin saber por qué hablo
mientras un nombre -Ana-, se enrosca en torno mío.

© Juan Ballester