La vida de los tristes no es ni siquiera vida,
no es más que un arrastrarse por ciegos laberintos,
no cabe la esperanza por sus sueños distintos
ni albergan ilusiones en su carne afligida.
La vida de los tristes es oscuro lamento
que sin cesar pasea por los surcos del alma,
no hay lugar en sus noches para vientos en calma
y en cada madrugada aumenta el descontento.
La vida de los tristes tiene los cielos turbios
y las mañanas grises y las tardes sin brillo,
sus alas ya no vuelan, cortadas a cuchillo,
y sus ojos reflejan la piel de los suburbios.
La vida de los tristes se nutre de tormentas,
de desiertos y piedras, de cardos y serpientes,
y en esa voz inútil que clama entre sus dientes
sólo quedan los restos de unas horas sangrientas.
© Juan Ballester
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martes, 8 de abril de 2014
lunes, 13 de mayo de 2013
Cuántas veces caer
Cuántas veces caer, recubrirse de lodo,
ser de barro y estiércol, ser un escupitajo,
cuántas veces romperse, arrancarse de cuajo
y rodar sin sentido destrozándolo todo.
Cuántas veces perder, hincarse de rodillas
y dejar que la vida te golpee con saña,
cuánto cuesta llegar al pie de la montaña
para volver después, quemado y sin astillas.
Cuántas veces llorar, anegarse las venas
de un dolor que se extiende más allá de esta vida,
cuántos vanos intentos de hallar una salida
sin lograr más que angustia, incomprensión y penas.
Cuántas veces sufrir, ser un ave de paso
sin hogar y sin metas a no ser el olvido,
cuánto inútil esfuerzo por construir un nido
y quebrarlo mil veces por el saber escaso.
Cuántas veces volver con las alas marchitas,
con las orejas gachas y con la ilusión rota,
cuántas horas amargas nos deja la derrota
grabadas en el alma, sobre la piel escritas.
© Juan Ballester
ser de barro y estiércol, ser un escupitajo,
cuántas veces romperse, arrancarse de cuajo
y rodar sin sentido destrozándolo todo.
Cuántas veces perder, hincarse de rodillas
y dejar que la vida te golpee con saña,
cuánto cuesta llegar al pie de la montaña
para volver después, quemado y sin astillas.
Cuántas veces llorar, anegarse las venas
de un dolor que se extiende más allá de esta vida,
cuántos vanos intentos de hallar una salida
sin lograr más que angustia, incomprensión y penas.
Cuántas veces sufrir, ser un ave de paso
sin hogar y sin metas a no ser el olvido,
cuánto inútil esfuerzo por construir un nido
y quebrarlo mil veces por el saber escaso.
Cuántas veces volver con las alas marchitas,
con las orejas gachas y con la ilusión rota,
cuántas horas amargas nos deja la derrota
grabadas en el alma, sobre la piel escritas.
© Juan Ballester
miércoles, 22 de febrero de 2012
La copa de vino

Otra copa de vino saborean mis labios;
tal vez sea la última antes de la partida.
Otra copa de vino es mi postrer bebida
antes de reunirme con los difuntos sabios.
Otra copa de vino me ofrecen generosos
y yo la paladeo con ansia de bacante;
ella será mi guía, mi fiel acompañante
en un viaje hacia mares negros y tenebrosos.
Otra copa de vino se muestra ante mi boca,
me llama con sus cánticos poblados de sirenas
dispuesta a que me olvide del sabor de las penas
y aumenta más y más mi borrachera loca.
Otra copa de vino me tienta seductora
al borde de la mesa, mirándome a los ojos,
y son tan agradables esos destellos rojos
que la bebo por fin, anunciando mi hora.
© Juan Ballester
tal vez sea la última antes de la partida.
Otra copa de vino es mi postrer bebida
antes de reunirme con los difuntos sabios.
Otra copa de vino me ofrecen generosos
y yo la paladeo con ansia de bacante;
ella será mi guía, mi fiel acompañante
en un viaje hacia mares negros y tenebrosos.
Otra copa de vino se muestra ante mi boca,
me llama con sus cánticos poblados de sirenas
dispuesta a que me olvide del sabor de las penas
y aumenta más y más mi borrachera loca.
Otra copa de vino me tienta seductora
al borde de la mesa, mirándome a los ojos,
y son tan agradables esos destellos rojos
que la bebo por fin, anunciando mi hora.
© Juan Ballester
lunes, 8 de febrero de 2010
Página de un diario
Cada día es un pájaro que muere entre mis dedos,
que muere estrangulado por mis grotescas manos,
cada día sus trinos tímidos y tempranos
sucumben indefensos, ahogados por mis miedos.
Cada tarde es un árbol que ante mis plantas yace
como yacen las sombras frondosas por el suelo,
cada tarde sus ramas se recubren de duelo
ante el dolor que surge y el malestar que nace.
Cada noche es un lago que mi ansiedad reseca,
que se pudre a escondidas con hedor pestilente,
cada noche dan hiel su cascada y su fuente
ante esta vida estéril, desperdiciada y hueca.
No hay ser al que no mire y no pierda su encanto
ni ilusión que perdure cada vez que la pienso;
todo cuanto contemplo se lo traga el descenso
envuelto en la tristeza y anegado en el llanto.
© Juan Ballester
que muere estrangulado por mis grotescas manos,
cada día sus trinos tímidos y tempranos
sucumben indefensos, ahogados por mis miedos.
Cada tarde es un árbol que ante mis plantas yace
como yacen las sombras frondosas por el suelo,
cada tarde sus ramas se recubren de duelo
ante el dolor que surge y el malestar que nace.
Cada noche es un lago que mi ansiedad reseca,
que se pudre a escondidas con hedor pestilente,
cada noche dan hiel su cascada y su fuente
ante esta vida estéril, desperdiciada y hueca.
No hay ser al que no mire y no pierda su encanto
ni ilusión que perdure cada vez que la pienso;
todo cuanto contemplo se lo traga el descenso
envuelto en la tristeza y anegado en el llanto.
© Juan Ballester
sábado, 3 de octubre de 2009
Cuando llegue la noche
Cuando llegue la noche a disipar mis sueños
y caigan las penumbras grisáceas en mis sienes,
¿dónde estarán mis obras, quién gastará mis bienes
o secará las aguas de mis prados risueños?
Cuando llegue la noche negra de mi existencia
y todos los payasos se burlen en mi cara,
¿qué jardinero impío, con ambición avara
pisoteará las flores de mi jardín de ausencia?
Cuando llegue la noche a arrancarme de cuajo
y se apague de golpe la luz de mi mañana,
¿quién dormirá en mi lecho y saldrá a mi ventana
para hablar en silencio al ángel que me trajo?
Cuando llegue la noche y todos se hayan ido
y sólo quede al fin la oscuridad que quema,
¿quién tirará a la lumbre mi último poema
y cortará los restos de ramas de mi nido?
© Juan Ballester
y caigan las penumbras grisáceas en mis sienes,
¿dónde estarán mis obras, quién gastará mis bienes
o secará las aguas de mis prados risueños?
Cuando llegue la noche negra de mi existencia
y todos los payasos se burlen en mi cara,
¿qué jardinero impío, con ambición avara
pisoteará las flores de mi jardín de ausencia?
Cuando llegue la noche a arrancarme de cuajo
y se apague de golpe la luz de mi mañana,
¿quién dormirá en mi lecho y saldrá a mi ventana
para hablar en silencio al ángel que me trajo?
Cuando llegue la noche y todos se hayan ido
y sólo quede al fin la oscuridad que quema,
¿quién tirará a la lumbre mi último poema
y cortará los restos de ramas de mi nido?
© Juan Ballester
jueves, 30 de julio de 2009
Náufragos
Ideales perdidos, sueños que se evaporan
y nos dejan un poso de fracaso en la boca,
ilusiones remotas que el ayer nos evoca
y momentos felices que sin querer se añoran.
En torno ya no hay nada salvo un fétido aliento,
salvo unas fotos muertas sin calor y sin habla,
somos un poco náufragos a merced de una tabla
que flota a la deriva movida por el viento.
No hay ya voces ni nombres ni auroras ni esperanza
en el desierto mudo de estas vidas vacías,
no hay luces ni amapolas ni estrellas ni alegrías,
tan sólo queda arena donde la vista alcanza.
Rota está nuestra nave, rota y despedazada,
tragada para siempre por un cruel remolino,
en donde no habrá nadie que alivie este destino
y donde no habrá nada que nos consuele, nada.
© Juan Ballester
y nos dejan un poso de fracaso en la boca,
ilusiones remotas que el ayer nos evoca
y momentos felices que sin querer se añoran.
En torno ya no hay nada salvo un fétido aliento,
salvo unas fotos muertas sin calor y sin habla,
somos un poco náufragos a merced de una tabla
que flota a la deriva movida por el viento.
No hay ya voces ni nombres ni auroras ni esperanza
en el desierto mudo de estas vidas vacías,
no hay luces ni amapolas ni estrellas ni alegrías,
tan sólo queda arena donde la vista alcanza.
Rota está nuestra nave, rota y despedazada,
tragada para siempre por un cruel remolino,
en donde no habrá nadie que alivie este destino
y donde no habrá nada que nos consuele, nada.
© Juan Ballester
viernes, 29 de mayo de 2009
Luz
Me escapo de la sombra que ronda y me rodea
como un líquido oscuro que avanza en avalanchas,
me escapo al fin y campo por la luz a mis anchas
como campa la guerra rondando en la azotea.
No hay ilusión que no quepa entre estos pobres huesos
que apenas se recubren de una carne mugrienta;
la vida agazapada resiste y se violenta
a fuerza de empujones y a costa de mis besos.
Nacen hoy nuevamente esas voces que antaño
vienieron a colmar la sed de mi garganta,
se enroscan retorcidas a mi boca que canta
sin temor a la bestia que quiere hacerles daño.
Luz, sólo tengo luz para enfrentarme al mundo,
y frenar el vacío que inunda los pasillos,
sólo tengo las luces llenando mis bolsillos
con vocación de ángel salvador y fecundo.
© Juan Ballester
como un líquido oscuro que avanza en avalanchas,
me escapo al fin y campo por la luz a mis anchas
como campa la guerra rondando en la azotea.
No hay ilusión que no quepa entre estos pobres huesos
que apenas se recubren de una carne mugrienta;
la vida agazapada resiste y se violenta
a fuerza de empujones y a costa de mis besos.
Nacen hoy nuevamente esas voces que antaño
vienieron a colmar la sed de mi garganta,
se enroscan retorcidas a mi boca que canta
sin temor a la bestia que quiere hacerles daño.
Luz, sólo tengo luz para enfrentarme al mundo,
y frenar el vacío que inunda los pasillos,
sólo tengo las luces llenando mis bolsillos
con vocación de ángel salvador y fecundo.
© Juan Ballester
martes, 24 de febrero de 2009
Caen los días
Caen los días iguales, como breves segmentos
de un mosaico de tiempo que sin fin se derrumba,
caen los días que aumentan la urgencia de la tumba
con pasos de gigante, seguros aunque lentos.
Las horas te conducen hacia un triste destino
que no sabe de nombres ni otorga privilegios;
con una melodía de armónicos arpegios
aquello que lograste se irá por donde vino.
El viaje tiene un límite, siempre ha de haber un puerto
perdido en una isla tropical o infecunda
en donde anclar la nave antes de que se hunda
que acogerá paciente nuestra carne de muerto.
Caen los días iguales, lo mismo que la sombra
se extiende cada noche sobre esta extraña esfera,
caen los días iguales con impiedad de fiera
para darnos la paz de un dios que no se nombra.
© Juan Ballester
de un mosaico de tiempo que sin fin se derrumba,
caen los días que aumentan la urgencia de la tumba
con pasos de gigante, seguros aunque lentos.
Las horas te conducen hacia un triste destino
que no sabe de nombres ni otorga privilegios;
con una melodía de armónicos arpegios
aquello que lograste se irá por donde vino.
El viaje tiene un límite, siempre ha de haber un puerto
perdido en una isla tropical o infecunda
en donde anclar la nave antes de que se hunda
que acogerá paciente nuestra carne de muerto.
Caen los días iguales, lo mismo que la sombra
se extiende cada noche sobre esta extraña esfera,
caen los días iguales con impiedad de fiera
para darnos la paz de un dios que no se nombra.
© Juan Ballester
viernes, 28 de noviembre de 2008
Nubes en mi ventana
Pasan las nubes lentas llenando mi ventana
de grises pensamientos y tristeza infinita;
queda la tarde sola, monótona y marchita
preludiando las horas de una noche cercana.
Pasan como almohadones de lágrimas oscuras
arrasando una a una cada ambición que siento,
qué despacio se aprietan en mi mirar, qué lento
su discurrir sin rumbo viajando en las alturas.
Pronto lo cubren todo con su tono uniforme,
se apoderan del cielo, del calor, de los sueños,
todo lo difuminan con sus parcos diseños
e inundan cada poro de una amargura enorme.
No observo más que nubes, sólo trozos de espanto
que arrasan corazones y secuestran las risas
con dentelladas firmes y ataduras precisas,
sólo quedan ya nubes, esas nubes de llanto.
© Juan Ballester
de grises pensamientos y tristeza infinita;
queda la tarde sola, monótona y marchita
preludiando las horas de una noche cercana.
Pasan como almohadones de lágrimas oscuras
arrasando una a una cada ambición que siento,
qué despacio se aprietan en mi mirar, qué lento
su discurrir sin rumbo viajando en las alturas.
Pronto lo cubren todo con su tono uniforme,
se apoderan del cielo, del calor, de los sueños,
todo lo difuminan con sus parcos diseños
e inundan cada poro de una amargura enorme.
No observo más que nubes, sólo trozos de espanto
que arrasan corazones y secuestran las risas
con dentelladas firmes y ataduras precisas,
sólo quedan ya nubes, esas nubes de llanto.
© Juan Ballester
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