domingo, 27 de septiembre de 2009

El hilo

Como cada mañana, salgo a la calle temprano, cuando apenas el día ha empezado a despuntar. Hoy he decidido viajar en metro, mezclarme con el bullicio de los traba­jadores más madrugadores, con el ajetreo de esas caras anónimas que recorren de punta a punta la ciudad a través de esa maraña de galerías subterráneas.
La verdad es que me resulta casi divertida esta situación, el hecho de sumergirme en ese agujero, cruzar el torniquete de entrada, descender por las escaleras mecánicas sin perder detalle de los rostros de cuantos me rodean, de su vestimenta, de sus ademanes, en definitiva de asistir a sus rutinas de cada día. Quizá para la inmensa mayoría tal situación no tenga nada de especial, pero sí para alguien como yo, que goza el raro privilegio de no necesitar trabajar para comer cada día, y que si madrugo y salgo a la calle a hora tan temprana es por placer, por puro entretenimiento.
Llego al andén, que está bastante concurrido y decido entonces comenzar el juego. Para ello, me basta con escoger al azar a una persona, un ciudadano anónimo y estar pendiente de sus movimientos. Se trata fundamentalmente de emprender un itinerario comenzando por apearme en la misma estación que él y seguirle unos instantes, tal vez hasta la calle, sin que se dé cuenta. Y a partir de ahí, continuar mi andadura según las reglas preestablecidas, engarzando unas personas con otras, como con un hilo invi­sible, cada vez que entran o salen de algún lugar. Así, hoy por ejemplo he elegido a una señora de mediana edad con aspecto corriente, con cara de llamarse Asunción o Patrocinio o algo parecido. Y como de momento se ha sentado, deduzco que el trayecto que le espera será lo bastante largo como para relajarme unos minutos y echar una ojeada al vagón. En cualquier caso, me he situado al lado de la puerta, para evitar el riesgo de que se apee sin que me dé tiempo a reaccionar.
Es increíble la de gente que viaja en metro. Tampoco es la primera vez que lo cojo a estas horas, ni muchísimo menos, pero aún así pienso que todas estas personas tienen su nombre y sus apellidos, que tienen una casa, una familia, unos problemas, a veces incluso unos auténticos dramas personales. Y que unos y otros han estado hasta hace un rato, como aquel que dice, durmiendo pláci­da­mente o tal vez al revés, sin pegar ojo en toda la noche acuciados por alguna dolencia o preocupación. Y siempre me ha llamado la atención que dentro del vagón de metro parecen multitud, pero cuando van por la calle apenas resultan un puñado de ellos, como si se reprodujesen en los pasa­dizos subte­rrá­neos o como si algunos de ellos viviesen perpetuamente allí dentro.
Pero la maniobra de la pasajera anónima me aparta de mis cavilaciones. Ahora es cuando debo poner más atención, porque se va a bajar en una estación con transbordo y muy concurrida, y en estos casos solamente me sirve si sale directamente a la calle; en caso contrario pasaré el hilo a la primera persona que vea encaminarse hacia la super­ficie. Y en efecto, parece ser que tengo que abandonar mi objetivo inicial y centrarme por ejemplo en ese caballero que ahora mismo acaba de cruzar por delante de mí y que se ha situado en las escaleras mecánicas que conducen al exterior.
Este hombre viste abrigo de color gris y su aspecto es bastante cuidado. Lee un perió­dico mientras asciende y yo me coloco discretamente unos peldaños por debajo, sin que por supuesto se haya percatado de mi presencia, arropado por los otros viajeros que se dirigen hacia la salida.
Salimos por fin a la superficie; confieso que ya me estaba agobiando el mundo subte­rráneo y que necesitaba aire fresco. El hombre del abrigo gris camina con deci­sión, con el periódico ahora bajo el brazo, y hace una llamada por el teléfono móvil que ha sacado de su bolsillo. Pero parece que no voy a acompañarlo mucho tiempo, porque acaba de entrar en una cafetería apenas ha doblado la esquina. Ahora será el turno pues del primero o la primera que salga de ese establecimiento, porque el hilo siempre sigue, nunca se detiene. Creo que la mañana, una vez más, va a ser movidita, porque quien ha salido de la cafetería es un tipo vestido con un mono de trabajo, posiblemente em­pleado de finca urbana, que de inmediato se ha metido en el portal de al lado justo en el momento en que de allí sale una madre con dos niños del brazo portando sendas carteras. Los sigo a prudencial distancia; con toda seguridad el colegio al que los lleva no estará lejos, de forma que no merece la pena elucubrar mucho acerca de ellos. Ambos son rubitos, como la madre, y llevan ropa de marca, intuyo que se llaman Álvaro y Sergio, pero ya digo que lo malo de este juego es precisamente que casi nunca da tiempo a profundizar en personas o en vidas ajenas, pues el hilo va pasando sin solución de continuidad, como el agua de un arroyo, de unos individuos a otros.
Llegan los tres al colegio; atraviesan la verja metálica y antes de perderse detrás de un seto aparece otra mujer joven, madre de algún otro muchacho a quien acaba de dejar allí. La sigo por la acera hasta que la veo montar en un automóvil mal esta­cio­nado unos metros más adelante. ¡Desastre! He de actuar con presteza, encontrar un taxi libre para evitar a toda costa que el coche rojo se aleje y se rompa el hilo. Pero la fortuna me sonríe esta vez, pues parece que su vehículo no arranca aunque lo in­tenta y lo intenta, felizmente debe haber un problema con la batería o con el depósito de la gasolina. Esto me proporciona además unos valiosos minutos de descanso, y me puedo sentar en un banco a contemplar el hermoso espectáculo que se avecina: la llegada de la policía municipal, los intentos baldíos de poner en movimiento el vehículo y más tarde la intervención de la grúa, retirando el automóvil de la vía pública. Todo eso puede llevar por lo menos una hora, un regalo al que no estoy acostumbrado. Y de esta forma puedo perfectamente tomarme un descanso, o mejor aún, entrar en cualquier bar de la zona y seguir los acontecimientos desde detrás del cristal, porque el día se ha empezado a nublar, y se ha levantado un viento desapacible, y no sería extraño que acabasen cayendo unas gotas a última hora de la tarde.
Hay mucha animación en la cafetería, con su característico rumor de tazas, máquinas tragaperras, aparatos para calentar la leche y conversaciones que se entrecruzan. A través del cristal no pierdo detalle de lo que acontece en el exterior en torno al coche rojo averiado y a su dueña, que se desespera por momentos viendo que la grúa no acaba de llegar debido al atasco de todas las mañanas y a la manifestación convocada justa­mente para hoy en una zona aledaña. Se ve que la mujer se ha quedado sin batería en el móvil, porque acaba de entrar también a la cafetería y ha preguntado si tienen teléfono público. Pero su entrada me obliga a seguir el hilo y a centrarme en la primera persona que salga, que resulta ser un joven de unos veinticinco años con aspecto de univer­sitario, que perfectamente podría llamarse Alfonso, y que se encamina hacia la zona donde está prevista la manifestación estudiantil. He de seguirle a toda prisa, pro­cu­rando no perderle la pista, porque si se confirman mis sospechas me espera un largo trayecto a su lado.
Camina con rapidez y enciende un cigarrillo. En la primera bocacalle lo veo pararse y saludar a unos muchachos de su misma edad aproximadamente, conversando en voz baja mientras miran disimuladamente en todas direcciones, seguramente para observar la situación o preparar alguna estrategia. De momento no tienen mucha intención de moverse de allí, y yo permanezco a una prudencial distancia, mientras veo que unos metros más allá el vehículo rojo que estaba averiado es remolcado al fin por la grúa, pero claro, eso ya ha dejado de interesarme desde que su propietaria le pasó el hilo al muchacho de las barbas.
Durante unos diez minutos no sucede nada relevante; el grupo de jóvenes sigue allí, con aire de distraídos, unos apoyados en el árbol, otros sentados sobre la barandilla que separa la acera de la calzada, e incluso alguno recostado sobre el asiento de una moto. Quizá esperan a alguien más, porque no pierden de vista el reloj. Les oigo bromear, hablar de sus estudios, mencionar a algunos profesores. Parecen alumnos de Derecho, al menos emplean términos que permiten confirmar ese extremo. Finalmente, como si se movieran por un resorte, se ponen todos en pie y emprenden la marcha por una calle lateral. Yo por supuesto voy tras ellos, aligerando el ritmo, porque se mueven con agilidad y son hábiles sorteando al resto de viandantes. Desde luego sólo me interesa no perder la estela de Alfonso; los otros pueden servirme, si acaso, como pista para el caso de que me extraviase entre el gentío que adivino se estará formando en el punto de concentración de los manifestantes.
La marcha puede ser larga y reconozco que ya estoy algo cansado, pero las reglas son las reglas y si he comenzado este juego lo normal es que llegue hasta el final; aún queda una eternidad para que termine el día y ni siquiera es hora de comer. Debo mantener el hilo sin que se rompa, sin que se extravíe su extremo, pues ello me obligaría a aban­donar y a tener que empezar de cero, haciendo inútil el madrugón y el seguimiento de las personas que sin saberlo me han conducido hasta este punto.
Los jóvenes han llegado hasta la plazoleta, mezclándose con los miles de concentrados que ya han tomado posiciones. Yo procuro no despegarme demasiado y mantenerme como siempre a la sombra, sin llamar la atención, pero atento a cualquier posible incidencia que le haga cambiar bruscamente de trayectoria o que ponga demasiada tierra de por medio entre ambos.
Es agradable el ambiente estudiantil, estar rodeado de jóvenes llenos de vida, de pro­yectos, de ilusiones que no siempre se habrán de cumplir. Qué feliz es esa edad en que salimos de casa cada mañana dispuestos a comernos el mundo, a deslumbrar a todas las jovencitas que se nos pongan a tiro o a rebelarnos contra todo lo establecido por leyes ancestrales. Y luego, conforme van pasando los años y la sangre se asienta en nuestras venas, nos resignamos a ser uno de tantos, nos da pereza mover un dedo por causas o injusticias ajenas y nos acomodamos en nuestras propias miserias cotidianas.
La manifestación discurre con lentitud pero sin pausa hasta la puerta del Ministerio. De momento no hay incidentes importantes, no se producen disturbios ni actos vandálicos, aunque no por ello deja de haber ebullición entre las filas de los estudiantes, que gritan proclamas e improperios contra los políticos y contra el gobierno en general. Son momentos de dejarse llevar, de seguir a la masa hacia ese punto en donde está prevista la protesta final y más agria, de seguir el hilo serpenteando por la amplia avenida abarrotada de jóvenes disidentes.


Casi es peor esta situación que la contraria, cuando el hilo pasaba de mano en mano con presteza. Sólo queda esperar, avanzar palmo a palmo entre la multitud, siempre un paso más cerca del final, un peldaño más cerca de la hora del crepúsculo, cuando todo termine por esta vez. Trato de ver la parte divertida de todo esto, el punto al que he llegado desde que me fijé en la mujer del metro, el extraño itinerario que me ha seña­lado el azar. Y miro al cielo, que cada vez está más oscuro y del que empiezan a caer las primeras gotas. Esto a buen seguro hará que la situación dé un giro inesperado; si comienza a llover habrá que correr detrás de Alfonso y refugiarse donde él se refugie, o continuar estoicamente bajo el aguacero si él decide no arredrarse ante la climatología. Pero desde luego a muchos la lluvia les hará dispersarse, volver sobre sus pasos, apiñarse bajo los toldos y marquesinas o entrar en el establecimiento que les pille más cerca hasta que escampe.
En efecto a una gota ha seguido otra, y luego unas cuantas más, hasta convertirse en un auténtico aguacero, agravado más aún por un desagradable viento racheado. Alfonso y sus colegas han encontrado un atajo hacia una calle lateral y yo me abro paso como puedo para no perder su estela, para que no se me escape el extremo del hilo. Se ha detenido delante de una tienda de discos y se ha puesto a mirar el escaparate. Parece que aprovechando la situación va a entrar a preguntar algo. Si sale alguien antes que él, el hilo cambiará su destino y yo quedaré a merced de otra persona. Y mis sospechas parecen confirmarse: el que sale no es Alfonso, es un tipo grueso con gafas de concha, que mira atónito el desarrollo de esa manifestación que parece seriamente dañada merced al imprevisto aguacero. El tipo toma calle arriba, alejándose de la zona tumul­tuosa, y allá que voy tras él, aliviado en el fondo por haber escapado de aquella rato­nera.
Aunque la lluvia le hace apresurarse, su movilidad es bastante limitada debido a su so­bre­peso, de modo que no tengo mayor problema en seguir su estela. Entra en seguida en una panadería, de donde sale una viejecita portando dos barras y que se pone a caminar pegada al muro, resguardada por la cornisa que discurre a todo lo largo de la fachada, evitando de este modo los efectos del chaparrón. La vieja entra al interior del edificio cuatro portales más arriba; a partir de ahí menudean las idas y venidas de ciudadanos anónimos llevando el hilo invisible, que me conducen de modo imper­cep­tible hacia otro barrio y más tarde, cuando ya la fatiga empieza a hacerme insoportable este pasatiempo, a una zona lindante con el río. Afortunadamente ha dejado de llover y el sol ha iniciado su declive. Es lo bueno de estos días de noviembre, que en seguida anochece y me puedo ir a casa mucho antes que en verano, porque el juego finaliza justamente en el momento en que la luz declina y comienza a encen­derse el alumbrado público en las calles y plazas de la ciudad.
He venido siguiendo a dos señoras que deben ser hermanas a juzgar por su extra­or­dinario parecido físico. Podrían perfectamente llamarse Carmen y María Luisa, y han salido tan a la vez de la iglesia en donde entró su antecesor, que no podría deter­minar con exactitud cuál de ellas tiene ahora el hilo. Menos mal que, como imagino, es más que probable que vivan juntas y no me pongan en la encrucijada de tener que seguir a una de ellas y abandonar a la otra, porque podría darse el caso de que mi elección fuese incorrecta y se rompiese el hilo, echando por tierra todo lo recorrido a lo largo de la jor­nada.
Efectivamente han entrado juntas a un portal y apenas unos segundos después ha sa­lido de allí un repartidor de correos, calándose el casco antes de subir a su motocicleta estacionada en la acera para proseguir su reparto. Miro al cielo: el último rayo de sol agoniza y se funde en el horizonte, y las farolas, como si se hubieran puesto de acuerdo, se iluminan tomando el relevo. El motorista ha arrancado, llega a la desembocadura de la calle para tomar hacia la derecha, pero quizá por lo resbaladizo de ese tramo de vía, o también por haber hecho la maniobra sin mirar, pierde el control y da con sus huesos en el suelo justo en el momento en que el autobús aparece a excesiva velocidad y sin tiempo de frenar, llevándose por delante la moto y al conductor caído. Y es entonces cuando decido materializarme y me acerco al hombre moribundo atrapado bajo el autobús y le miro a los ojos y le toco en el hombro y siento que el soplo de vida que aún le quedaba se extingue y pasa a través de mi mano como si se tratase de un hilo finísimo e imaginario.

© Juan Ballester

2 comentarios:

Ana Álvarez dijo...

Desde que lo leí por primera vez me pareció un relato fabuloso. No hace falta que te diga más, ya lo sabes.
Un abrazo

juan ballester dijo...

Gracias, Ana, por elevarme la moral de esa forma.

Aunque, ay, ya me gustaría que el relato fuese ni la mitad de bueno de lo que tus palabras dan a entender. Me conformo con que tú lo hayas leído y con que no provoque bostezos entre los potenciales lectores que se acerquen a mi página.

Un saludo y que tengas buen día.