lunes, 30 de septiembre de 2013

La dulce espera







Sentado en una mesa, mientras tomo un café,
miro tras los cristales cómo pasa noviembre,
cómo vuelan las horas de una tarde precaria,
cómo el televisor enseña tiburones,
cómo he abierto un libro y me he puesto a leer
mientras por mi cabeza corren mil fantasías,
mil sueños que se estrellan contra un trozo de acera,
contra una tragaperras y una barra vacía,
contra los parroquianos que entran y que salen,
contra las manecillas de un reloj implacable.

Qué dulce es, sin embargo, esa espera baldía,
ese estar sin estar, esa certeza incierta,
ese acaso, quizás, este tal vez, quién sabe,
ese trasiego inútil de hojas desprendidas,
de hojas que planean de la rama hasta el suelo,
o esos rostros anónimos de este barrio alejado
donde las calles huelen a besos sin usar,
a palabras no dichas, a miradas pendientes,
calles de cuyos nombres y cuyos apellidos
habré de ser experto si Dios no lo remedia.

Qué dulce es esta espera, las seis, las seis y cuarto,
y el vaso de café con leche ya olvidado,
y en vez de tiburones, alcatraces y pájaros,
y luego un amistoso de la Sub-21
y nuevos parroquianos que vienen y se marchan,
que toman una copa de anís o una cerveza
o que compran tabaco o se quedan de charla,
mientras pido una caña y se me ocurre un título
para lo que esta noche será un nuevo poema.

Qué dulce es esta espera, cuando se ha hecho de noche
y España ya ha marcado dos goles -¡qué me importa!-,
y afuera este noviembre caprichoso y tirano
va perdiendo minutos en su lenta hemorragia.

Qué dulce pese a todo, pese al no fue maldito,
pese a todas las caras que he olvidado al instante,
pese a todas las voces que han sido simples voces,
pese al café con leche que se ha quedado huérfano.

Qué dulce sin embargo cuando pago y me marcho,
y retorno a la acera, al no fue decisivo,
cuando llevo en el rostro pintada una derrota
y los bolsillos llenos de frustración, de nada,
de otoño, de silencio, de hormigón, de farolas,
cuando vuelan los sueños, ya pensando en mañana,
cuando el martes y trece se ríe a carcajadas.

Mas, qué dulce la espera, qué tarde de esperanza,
pese al no pudo ser y al poema truncado,
pese al beso perdido y a la mirada ausente
y a la palabra muda y al café casi frío.

© Juan Ballester

1 comentario:

esperanza sandoval santander dijo...

He pasado por aquí, por esa espera que te aletarga el alma ante una taza de café viendo pasar la vida, ha sido un momento inolvidable tomar ese café imaginario saboreando sensaciones contigo. Un abrazo amigo Juan Ballester, volveré.

http://esperanzasandoval.blogspot.com/